lunes, 29 de abril de 2019

Los peligros de la pseudociencia en entornos de la seguridad y la justicia


51 investigadores de diversos continentes firman un artículo manifestando los peligros de la pseudociencia en entornos de la seguridad y la justicia

Existen publicados miles de artículos revisados por pares sobre comunicación no verbal, sin embargo diversos estamentos vinculados a la seguridad y la justicia, a lo largo y ancho del planeta, acuden o han acudido a diferentes programas, enfoques o métodos subestimando los peligros de la pseudociencia. Recientemente un nutrido grupo de prestigiosos investigadores, entre los cuales se encuentran dos españoles, han publicado un artículo (que podría considerarse un “manifiesto”) en el Anuario de Psicología Jurídica, sobre los peligros y las posibles consecuencias de acudir a fuentes no contrastadas para poner en marcha programas de vigilancia de pasajeros, o para la detección de mentiras o las entrevistas de análisis de conducta (Denault, y otros, 2019). Entre los investigadores españoles se encuentran Jaume Masip y Antonio Manzanero.

En concreto el foco lo han puesto sobre el programa SPOT, la técnica de entrevista BAI y la Sinergología.



La Sinergología y su lectura de gestos

Sabemos que no existen posturas, gestos, ni expresiones faciales, que estén presentes en todos los individuos que mienten. Si hubiera comportamientos no verbales diferentes en sujetos mentirosos y sinceros, la detección del engaño sería algo muy sencillo. Es decir, no hay una nariz de Pinocho que delate a los mentirosos (DePaulo, Lindsay, Malone, Muhlenbruck, Charlton, & Cooper, 2003; Vrij, 2008). Además gestos y expresiones faciales tienen una vinculación débil con el engaño (DePaulo, Lindsay, Malone, Muhlenbruck, Charlton, & Cooper, 2003), vinculación que además está mediatizada por las variables situacionales.

Pues bien, alguien como Fhilippe Tourchet, que según el citado artículo (Denault, y otros, 2019), hasta la fecha tan solo ha publicado un artículo revisado por pares en una revista científica sin validar los significados asociados por los sinergólogos a diferentes gestos o la eficacia de la sinergología, ha constituido una gran red para ofertar cursos de capacitación “oficiales” para convertirse en sinergólogos (de unas 200 horas y al “módico” precio de 6000$). Entre dichos países están Bélgica, Francia, Canadá, España, Suiza y los Países Bajos (citado por los autores del artículo y tomado de la página web oficial Institut Québécois de Synergologie). Según los firmantes del “manifiesto”, Turchet mantiene que sus métodos permiten detectar el 80% de las mentiras en la prueba llamada “culpable/inocente”. Sin embargo el uso de una serie de indicadores de comportamientos que ellos enseñan no tiene fundamento científico que lo abale ya que enfoque descuida el proceso de evaluación crítica por el que toda investigación científica debe pasar. El problema es que los significados que este enfoque ha dado a diversos gestos se han difundido ampliamente a través de internet y de una serie de libros sobre la temática de la comunicación no verbal.

A modo de ejemplo y según cita el mencionado “manifiesto” (traducido por el autor de este blog) el Colegio de Abogados de Quebec, puso a disposición dos cursos de capacitación en línea hasta el año 2015:

“…en el primer curso de capacitación (tomado por 1,929 miembros del Colegio de Abogados de Quebec; Lagacé, 2015), se les enseñó a los abogados que si una persona “aprieta sus labios, sostiene su mano derecha, cuenta el pasado mirando a la derecha, se rasca el cuello hacia la derecha y hace movimientos bajos y limitados "(Barreau du Québec, nda, nuestra traducción), indicaría mentir. En el segundo curso de capacitación realizado por 1,083 abogados, los conceptos presentados no tenían una base científica más sólida. Por ejemplo, "manos abiertas, palmas expuestas que se mueven libremente cuando la persona habla, y muñecas suaves indican una comunicación abierta donde no hay nada oculto"

Y es que los defensores de la Sinergología afirman haber formado a personal del Colegio de Abogados de Quebec, oficiales de policía y jueces de los tribunales de Quebec. Al menos en España, y hasta hace algún tiempo, se ofertaban estos cursos bajo el nombre de “Máster en Sinergología” y desde luego no se impartían bajo el paraguas de ninguna universidad española (ni tan siquiera como título propio).

El BAI o entrevista de análisis de comportamiento

BAI (Behavior Analysis Interview) es una parte del método Reid, diseñado por John E. Reid, para llevar a cabo una entrevista e interrogatorio. El método consta de 9 pasos y el BAI, según su autor, contribuye a determinar si el sujeto está diciendo la verdad sobre su participación en determinados hechos (robo, homicidio, etc.).

En un primer paso se realiza una entrevista al sospechoso sin acusarle de nada y prestando especial atención a su comportamiento no verbal cuando responde a las preguntas del investigador. La técnica BAI mantiene que existe una vinculación entre determinados comportamientos no verbales y el engaño o la veracidad. Entre los comportamientos que indicarían engaño, estarían (entre otros) el presentar una postura cerrada y retirada, una postura estática y congelada, una alineación no frontal o una inclinación constante hacia adelante. Entre los que indicarían veracidad, estarían una postura abierta y relajada, alineación frontal, postura dinámica o inclinarse de vez en cuando hacia adelante (Inbau, Reid, Buckeley, & Jayne, 2013).

En un segundo paso se haría uso de un interrogatorio coercitivo, tratando de obtener del sujeto una declaración incriminatoria y haciéndole saber el investigador que no tiene ninguna duda de su culpabilidad en la comisión del delito.

A continuación el investigador debe proporcionar una excusa de tipo moral que justifique la comisión del delito para que el sospechoso pueda “salvar la cara”. En otra fase el investigador debe interrumpir al sospechoso para asegurarse que éste se excuse a sí mismo (para evitar que fortalezca su nivel mental de defensa).

Posteriormente el investigador le hará una pregunta al sospechoso con dos alternativas de respuesta. Esa pregunta debe ser formulada de tal forma que ambas respuestas posibles le incriminen (ejemplo, ¿utilizó el dinero robado para comprarse el coche o para ayudar a su madre y que pudiera operarse?). De esta forma se obtendría una admisión inicial de culpabilidad.

Finalmente, el investigador solicitaría los detalles para proceder a obtener una declaración por escrito.

Los firmantes del manifiesto afirman que la investigación experimental no respalda la efectividad de BAI y que creer que el comportamiento de un sospechoso después de ciertas preguntas indica culpabilidad (ejemplo, cambios en la silla durante o inmediatamente después de una declaración significativa) tiene poca o ninguna base científica (Denault, y otros, 2019).

El programa SPOT y la seguridad aeroportuaria

Las inversiones en software de reconocimiento de emociones a través de la expresión facial han ido proliferando en los últimos años, dando como resultado sistemas muy similares con denominaciones distintas (Facet, Avatar, FaceSense, FaceReader, Affectiva, Automatic Face Recognition, etc). Casi todos ellos se basan en los trabajos de Ekman y Friesen (1978) que dieron como resultado la creación de un riguroso sistema de codificación facial denominado FACS (Facial Action Coding System); pero la mayoría de estos sistemas lo que facilitan es exclusivamente información referida a las 6 o 7  -denominadas por los defensores del modelo clásico- emociones básicas o primarias (Petisco, 2018).

Un programa diferente es SPOT (Screening of Passengers by Observation Techniques). Este programa está basado en las técnicas de espionaje y contraespionaje israelíes y principalmente consiste en infiltrar agentes entre los pasajeros con la finalidad de identificar amenazas para la seguridad de la aviación. Se basa en el monitoreo de la apariencia y otros canales no verbales de los pasajeros, mientras los “agentes observadores” se hacen sus amigos, o cuidan de sus maletas para sonsacarles información. En 2003 se puso a prueba de forma experimental en el aeropuerto de Boston. Según los autores del artículo, en 2010, sin haber validado su utilidad, se desplegaron a casi 3000 “oficiales de detección de conductas” en 161 de los 457 aeropuertos estadounidenses regulados por la TSA. Dichos agentes tuvieron que memorizar una lista de 94 indicadores para identificar potenciales terroristas. Entre dichos indicadores, se incluían: evitar el contacto ocular, mirar hacia abajo, usar una ropa inadecuada para la ubicación, tener la cara blanca debido a un afeitado de barba reciente, ser una persona corpulenta, etc.


En 2010, la Oficina de Responsabilidad Gubernamental de los Estados Unidos (GAO) pidió a la TSA que un grupo de expertos valorara las bases científicas de SPOT. En 2013 la GAO recomendó al Congreso de los EE.UU que consideraran la ausencia de evidencia científica sobre la efectividad de SPOT para la identificación de amenazas a la seguridad. En 2017, la GAO publicó un informe según el cual el 98% de las fuentes citadas por la TSA no eran relevantes para determinar la validez de SPOT (para profundizar en los detalles de dicho informe véase el artículo de Denault, y otros, 2019).

Trabajos citados

Denault, V., Pierrich, P., Jupe, L. M., St-Yves, M., Dunbar, N. E., Hartwig, M., y otros. (2019). The analysis of nonverbal communication: The dangers of pseudocience in security and justice contexts. Anuario de Psicología Jurídica .

DePaulo, B. M., Lindsay, J. J., Malone, B. E., Muhlenbruck, L., Charlton, K., & Cooper, H. (2003). Cues to Deception. Psychologycal Bulletin , 129 (1), 74-118.

Ekman, P., & Friesen, W. (1978). Facial Action Coding System: A Technique for the Measurement of Facial Movement. Palo Alto: Consulting Psychologists Press.

Inbau, F. E., Reid, J. E., Buckeley, J. P., & Jayne, B. C. (2013). Criminal interrogation and confessions. Sudbury, MA: Jones and Bartlett Publisher.

Petisco, J. M. (2018). Competencia en comportamiento no verbal en la detección de amenazas. Cuadernos de la Guardia Civil. Revista de Seguridad Pública (57), 88-107.

Vrij, A. (2008). Detecting lies and deceit. Pitfalls and opportunities (Second edition). Southern Gate, Chichester: Wiley.

miércoles, 24 de abril de 2019

La otra cara de la expresión facial humana


Durante los últimos sesenta años se nos ha hecho creer que nuestro rostro refleja las emociones que sentimos de forma biológica, categórica, icónica y universal; que si modificamos esas expresiones “automáticas”  es debido a la intermediación de determinadas normas culturales, que son las que marcan unas “reglas de expresión”. Yo mismo estuve convencido de ello, supongo que porque cuando acudí a la gran cantidad de literatura especializada en ese tema, prácticamente todo provenía de la denominada Teoría de las Emociones Básicas (Basic Emotion Theory o BET). Es más, la idea de que ciertas expresiones faciales son producidas idénticamente por cada individuo, resulta muy llamativa y ha llevado a muchos países a marcar el diseño de diversos sistemas de seguridad aeroportuaria, o el de determinados protocolos de interrogatorio americanos tratando de detectar el engaño.



Esta teoría se ha nutrido fundamentalmente del denominado modelo Neurocultural de Ekman (1972, 1980, 1982), el cual, basado principalmente en el modelo de Darwin, inspiró a numerosos científicos a profundizar en el campo de las emociones y a publicar cientos de artículos que sustentaban la teoría de que nuestro rostro expresa, de forma prototípica, la emoción sentida y que seis de ellas se expresan de manera universal (alegría, ira, tristeza, miedo, asco, sorpresa). Según dicha teoría, la expresión facial está biológicamente determinada (orígenes filogenéticos) y es universal, pudiendo ser modificada (atenuada, enmascarada, disimulada) por convenciones culturales (Ekman & Friesen, 1969); es decir, modificable ontogenéticamente. Con posterioridad, Ekman añadió en alguno de sus escritos una séptima emoción al listado: el desprecio (pero dejaremos este asunto de lado).

Ahora, los defensores de dicho modelo, dicen haber ampliado el estrecho enfoque de esas emociones básicas a más de 20, aunque reconociendo la influencia del contexto en el reconocimiento de la emoción (Keltner, Sauter, Tracy, Cowen, & A., In press), incluyendo que también pueden señalar “intenciones” y hablando, ahora, de “cierto grado de interculturalidad”. Pero, sus fundamentos siguen sin ser sólidos y me llama la atención que se nieguen a reconocer tácitamente que estaban equivocados, que investigadores como Fridlund, Crivelli, Russel o Fernandez-Dols, entre otros, tenían razón. También me sorprende que en los libros de texto vinculados a las ciencias sociales, al hablar de emociones, ni siquiera se cite el punto de vista de la Teoría de la Ecología del Comportamiento.

El punto de vista de la Ecología del Comportamiento (Behavior Ecology View of facial displays  o BECV), en palabras de Crivelli y Fridlund  (2019), viene a ser una teoría funcionalista y externalista, basada en modernas teorías de comportamiento animal y en la evolución biológica y cultural del ser humano y supone una robusta alternativa a BET.

Yo, que durante años me consideré un defensor acérrimo de los postulados de la BET, he tenido la suerte de poder profundizar en el campo de las emociones desde otros enfoques diferentes. Por ello, desde hace dos años comparto que la expresión facial, como otros comportamientos, está determinada principalmente por factores situacionales incrustados en un sistema de tensión dinámica (Fernández-Dols, 1999), que la coherencia entre emoción y expresión facial es de moderada a baja para todas las emociones, con la excepción de la expresión de “felicidad”/”diversión”, siendo la “diversión” una categoría distinta y teniendo mucho más derecho a ser llamada “emoción básica” que alguna de las 5 restantes emociones básicas clásicas establecidas por Ekman en 1972 (Durán, Reisenzein, & Fernández-Dols, 2017); que existe evidencia que no respalda la afirmación de que el ser humano reconoce universalmente las emociones básicas a partir de las señales de la cara, que en ello influyen enormemente variables como la cultura y el idioma hablado, que los estudios del modelo Neurocultural emplearon un diseño intra-sujeto, con fotografías que mostraban expresiones faciales exageradas y posadas, desprovistas de contexto, con un formato de respuesta cerrada y forzada que canalizaba una variedad de interpretaciones en una sola palabra (la especificada por el experimentador), con un procedimiento que permitió que los observadores juzgasen una expresión facial en relación con otras presentadas y llevar a cabo un proceso de eliminación al emitir sus juicios (Nelson & Russell, 2013); que la expresión de “alegría” no es un indicador fiable per se de felicidad y que la probabilidad de expresar sonrisas es muy baja en ausencia de interacción social frente a las situaciones de interacción social (Ruiz-Belda, Fernández-Dols, Carrera, & Barchard, 2003); que las expresiones faciales y vocales están dirigidas a un receptor, que los intereses del emisor y del receptor pueden entrar en conflicto, que hay muchos factores determinantes para enviar una expresión además de la emoción, que las expresiones influyen en el receptor en una variedad de formas, que la respuesta del receptor es más que simplemente decodificar un mensaje, que los humanos no identificamos de la misma manera, no atribuimos el mismo significado emocional a las diferentes exhibiciones o expresiones faciales y que posiblemente percibamos el estado interno del emisor en términos de dimensiones bipolares: placer-desagrado, somnolencia-activación, etc. (Russell, Bachorowski, & Fernández-Dols, 2003); que en ambientes naturales, la evidencia disponible apunta a correlaciones débiles entre las emociones y sus expresiones previstas, que las expresiones faciales no deberían definirse como señales “nítidas” y “verdaderas” de una emoción, sino más bien como señales rápidas, múltiples e imprecisas que, sin embargo, son adecuadas (adaptativas) para sus remitentes en una situación particular, que tales señales están vinculadas a diferentes procesos mentales, pudiendo incluir movimientos faciales simultáneos o sucesivos vinculados a reacciones afectivas, valoraciones, motivos sociales o estrategias de regulación, pero también a procesos cognitivos o convenciones culturales (Fernández-Dols & Crivelli, 2013); que la “expresión de emoción” es un término de sentido común que oculta el desafío científico que plantea un flujo continuo de movimientos musculares de cuerpos moviéndose en un mundo de tres dimensiones que produce eventos con un significado flexible y dependiente del contexto (Fernández-Dols, 2013); que  las expresiones faciales son herramientas para las interacciones sociales en lugar de muestras de emociones básicas (Crivelli, Carrera, & Fernández-Dols, 2015); que son herramientas flexibles que utilizamos contingentemente para regular nuestras acciones de interacción social, ya sean éstas, públicas o privadas, con interlocutores reales o imaginados, animales, agentes virtuales, o incluso objetos inanimados a los que les atribuimos entidad (Crivelli & Fridlund, 2018); que las expresiones faciales no son hacia nosotros, sino hacia el cambio de comportamiento de quienes nos rodean (Crivelli & Fridlund, 2018; Crivelli & Fridlund, 2019); que los conceptos de BET de “emoción”, “reconocimiento”, “expresión facial” y “universalidad” están plagados de suposiciones infundadas y evidencia no concluyente y que una expresión facial específica no siempre está dirigida a transmitir el estado emocional específico del remitente (Fernández-Dols & Crivelli, 2015); que sorprendentemente para los trobriandeses de Papúa, Nueva Guinea, un rostro que para los occidentales se consideraría como muestra de miedo y sumisión es interpretado como “ira” y “amenaza” (Crivelli, Russell, Jarillo, & Fernández-Dols, 2016), por lo que ese “reconocimiento universal de la expresión facial” quizás no lo sea tanto y los estudios en culturas remotas requieran una revisión más cuidadosa; que no todos los humanos reconocen ciertas emociones específicas a través de la expresión facial, ya que en diversos estudios con sociedades indígenas con contacto limitado con influencias culturales externas, al mostrarles las expresiones faciales prototípicas y pedirles que señalaran a la persona que sentía una emoción específica (de felicidad, miedo, enojo, disgusto o tristeza), la tesis de la universalidad solo fue apoyada moderadamente para la felicidad, siendo aún más modestos los resultados para el resto de las emociones denominadas “básicas” (Crivelli, Jarilo, Russell, & Fernández-Dols, 2016)

Pero estos y otros estudios no han sido difundidos suficientemente, apenas son populares. Y es que la idea de que la expresión facial tiene su propio lenguaje, que podemos leer, e incluso desvelar los sentimientos ocultos de un individuo, resulta extremadamente atractiva (y para muchos enormemente rentable).


Sigue sin haber consenso sobre qué es emoción y cómo puede medirse. Podemos encontrar cientos de definiciones diferentes sobre la emoción. Los defensores de BET ahora plantean que las emociones son patrones dinámicos y multimodales de comportamiento que involucran acción facial, vocalización, movimiento corporal, mirada, gesto, movimientos de cabeza, tacto, respuestas autonómicas e incluso el olor (Keltner, Tracy, Sauter, Cordado, & McNeil, 2016). Valoro positivamente que ahora tengan en cuenta otros canales no verbales como transmisores de señales, pero ya autores como Patterson (Patterson, 2011, pág. 39) nos hablaban de una especie de “regla de conjunto”, al resaltar que no enviamos y recibimos mensajes separados por canales y que debemos analizar cómo se relacionan los elementos formando patrones más amplios de comunicación no verbal, que son los que realmente dan significado a la comunicación no verbal. También he de decir que esa idea de transmitir emociones a través de múltiples canales, es algo que negaron Ekman y Friesen (Ekman & Friesen, 1975); aunque posteriormente, para Ekman (2003) la expresión facial y la voz serían los sistemas de señales a través de los cuales se manifiesta la emoción.

Como vemos se adoptan nuevos criterios y se reemplazan a los anteriores sin ningún tipo de razonamiento o debate, sin mencionar al menos qué nuevas evidencias justifican dichos cambios (véase en este sentido el artículo de Keltner, Sauter, Tracy, Cowen, & A., en prensa). En este sentido, Crivelli y Fridlund (2019) preguntan cuál es el criterio para que una emoción sea considerada básica, o para aumentar el número de emociones consideradas básicas, porque “uno no aumenta el número de razas de perros al incluir gatos, a menos que haya evidencia o argumentos para justificar dicha agrupación”. En ese sentido y en relación a la tabla 2 del artículo, “Avances en la Teoría de las Emociones Básicas”, de los citados autores y que incluye ejemplos sobre las “nuevas” expresiones faciales, me pregunto lo siguiente:

-         - ¿Por qué se ha incluido el “aburrimiento” como emoción?, ¿cumple el criterio de ser una expresión breve, o se trata más bien de un estado temporal? Por otra parte, está claro que ese gesto, con todo el peso de la cabeza recayendo sobre la mano, puede denotar aburrimiento, pero también cansancio, falta de interés, molestia, falta de distracción, hastío, desaliento, desazón y un largo etcétera.


-     -¿Por qué las emociones identificadas como prototípicas (supuestamente las de esas fotografías) son consideradas como tales y no como dialectos de las mismas (siguiendo lo planteado en ese mismo artículo sobre la Teoría Dialectal de la Expresión Emocional)? En concreto, ¿por qué la expresión de felicidad lo componen las AU 6+7+12+25+26 y no 6+12, ó 6+12+25? ¿por qué la expresión de ira ahora es 4+5+17+23+24 y no 4+5+7+17+23+24+38, ó 4+5+7+10+22+23+25?, ¿por qué la prototípica de tristeza ahora es 1+4+6+15+17 y no 1+4+15 ó 1+4+11+15+(54+64)?, ¿por qué la de miedo es 1+2+4+5+7+20+25 y no 1+4+12+20+25, ó 1+2+4+5+20+26 ó 27?, ¿por qué la de asco es 7+9+19+25+26 y no 4+6+9+17+44, ó 9+16+(15,26) ó 10+16+25+26?, ó ¿por qué la expresión actual de sorpresa es 1+2+5+25+26 en lugar de, por ejemplo, 1+2+5+27?


   - Respecto a la expresión de interés tampoco creo que en a mayoría de los casos cumpla con el requisito de brevedad, pero además ¿por qué debe ser identificada universalmente como expresión de interés la imagen que figura en dicha tabla (Figura a) y no otra, como por ejemplo alguna de las mostradas en las figuras b, c ó d? 

 (Figura a)

 (figura b)

 (Figura c)

 (Figura d)

-          Ekman y Friesen (1975) mantenían que para que una emoción fuera considerada básica debería existir una expresión facial distintiva. Posteriormente Ekman, en una de sus obras más conocidas, mantuvo que cada emoción posee señales únicas y genera un patrón de sensaciones únicas en el cuerpo (Ekman P. , 2003, pág. 14). Sin embargo, ahora admiten que las emociones se relacionan entre sí y se apoyan en estudios  que agrupan “emociones” bajo la categoría de “emociones positivas” (Jack, Garrod, Yu, Caldara, & Schyns, 2012).


Partiendo de los predecesores de la Teoría de las Emociones Básicas (Descartes, Lebrun, Allport, Darwin, Tomkins) los actuales defensores siguen añadiendo emociones al listado inicial ¿lo hacen por intuición?, ¿por observación personal? En palabras de Crivelli y Fridlund (2019), las inconsistencias internas de BET les han llevado a unos supuestos básicos viciados.

Entre esos supuestos básicos hay uno me llama especialmente la atención y es lo que podría denominarse su “fundamentación circular”. Si la emoción, a día de hoy, no es definible ni medible de manera consensuada, el supuesto de que dado E (emoción sentida), de manera automática, aparece su correspondiente F (expresión facial) y dado F puedo deducir E, es circular e inconsistente. Yo puedo verificar que aparece F, porque es observable (y medible objetivamente gracias al FACS) pero, en la mayoría de los casos, no puedo verificar E (aunque en algunos casos lo sea por auto-informe, no se puede garantizar que la supuesta emoción sentida se ajunte a la definición de la misma, además de que esa definición no está consensuada). En palabras de Crivelli y Fridlund (2019) “la expresión facial es explicada por su pretendida emoción, que a su vez puede ser verificada por la ocurrencia de ese comportamiento facial”.

Entonces, siguiendo el análisis anterior ¿cómo podemos diferenciar si una expresión ha sido modificada/amortiguada/mitigada/distorsionada/reducida/enmascarada? (y con ello estoy también haciendo alusión a las denominadas microexpresiones). Complicadísimo, por no decir imposible, si no podemos rastrear el origen exacto de ninguna expresión facial.

También quiero resaltar la diferenciación entre emoción “sentida” y “fingida”. Si nos centramos en la sonrisa, los defensores de BET, mantienen que la sonrisa “sentida” es “verdadera” y se corresponde con la denominada “sonrisa Duchenne”, la cual es involuntaria e imposible de ser falsificada, siendo auténtica y “sentida”. En cambio la “sonrisa social” o de “apaciguamiento” (que solo acciona la musculatura del cigomático mayor), que permite bajar tensiones, es voluntaria y por tanto debe ser “falsa” y “no sentida”. Pero esta distinción, basada en la cualidad, se desmonta -por ejemplo- cuando se simula la expresión de Duchenne (que conlleva la contracción de la musculatura orbicular, además de la del cigomático mayor), o cuando la estimulación no es placentera, pero sí lo suficientemente intensa, haciendo aparecer esos pliegues denominados “patas de gallo” (por ejemplo en algunas muestras de dolor).

Respecto a los famosos estudios transculturales, en los que los indígenas de Papúa tenían que emparejar fotografías “estáticas”, “posadas”, con palabras que hacían referencia a una lista cerrada de emociones, aparte de los sesgos que conllevaba trabajar con listas cerradas y con fotografías de expresiones estereotipadas tan exageradas, los umbrales para declarar la universalidad de las 6 emociones fueron realmente bajos, ya que revisiones posteriores revelaron la baja relación entre los autoinformes de la experiencia subjetiva y los movimientos musculares faciales (Durán, Reisenzein, & Fernández-Dols, 2017).

Si universalmente no compartimos código alguno con la comunicación verbal, ni con la escrita, ¿por qué debería existir ese código compartido en la comunicación no verbal y más concretamente en la expresión facial? A mí personalmente, después de la falta de evidencia respecto a la universalidad de las denominadas “emociones básicas”, al hablar de la prevalencia de dialectos en las expresiones emocionales, afirmar que “los patrones de expresión, fueron luego analizados cuidadosamente por sus comportamientos faciales, corporales o vocales específicos, identificando que es universal y cómo prevalecen los dialectos culturalmente específicos”, me resulta tan absurdo como plantear la universalidad de un código emocional compartido con otros homínidos (resaltemos que el artículo finaliza expresando que “crítico para BET es la noción de que la expresión emocional humana surgió durante el proceso de la evolución de los mamíferos y, por implicación, que debería haber homologías convincentes entre el comportamiento humano y el comportamiento no humano”).

No creo que todas las culturas compartan nuestras concepciones sobre lo que es “emoción” cuando ni siquiera los occidentales lo hacemos.

Otro argumento más, en contra de los planteamientos de BET, es que en la vida diaria, en determinadas ocasiones, no se ajusta el sentimiento interior con la expresión facial prototípica mostrada que debería corresponderle. Así, nuestro comportamiento facial es muy similar durante las relaciones sexuales o cuando sentimos un dolor intenso; también lloramos en momentos de felicidad mostrando nuestro rostro expresiones prácticamente idénticas a cuando sentimos una enorme tristeza. Entonces, ¿dónde está esa expresión facial distintiva de la que nos hablaban Ekman y Friesen? ¿Cómo vamos a ser capaces de identificar la emoción que se siente a través de la expresión facial que observamos?

                 

Le será muy difícil identificar en estos rostros “dolor” o “placer”, “tristeza” o “alegría”, desconociendo el contexto en que se producen. En la imagen de la derecha el sentimiento era de enorme alegría por parte del medallista olímpico Oscar Figueroa (1ª medalla de oro para Colombia en levantamiento de pesas en Río 2016)

Está claro que tales distinciones no son posibles si no tenemos conocimiento del contexto específico en el que se llevan a cabo tales comportamientos faciales. Por tanto, parece lógico pensar que si comportamientos tan altamente relevantes como los citados, desde un punto de vista adaptativo, deben cumplir determinadas funciones, éstas deben ser flexibles y dependientes del contexto. Pongamos como ejemplo el llanto, cuyas funciones adaptativas podrían estar relacionadas con la obtención de cuidados por parte de otros (Soltis, 2004; citado por Férnandez-Dols, 2013), también podría tener otros significados afectivos y referenciales muy diferentes dependiendo de su contexto, como felicidad, dolor, enojo o empatía (Miceli y Castelfranchi, 2003; citados por Férnandez-Dols, 2013).


En definitiva, teniendo en cuenta los trabajos citados, parece ser que la expresión facial humana no ha evolucionado para mostrar (señalar) sentimientos interiores, sino intenciones o motivos sociales. Desde el punto de vista de la Ecología de la Conducta, el rostro no “expresa” o “refleja” nada; no interesan tanto los mecanismos que producen la expresión facial, sino cómo funciona ésta en las interacciones sociales. Mi expresión facial va dirigida más hacia “ti”, indica más lo que me gustaría que hicieras, en lugar de “hablar” de “mí”, o de cómo me siento. Una sonrisa, más que felicidad, en una interacción determinada puede indicar “disposición a cooperar” y en otra “intención de suavizar la tensión de una determinada situación” y en otro contexto un “deseo de filiación” y en otro “la voluntad de ser amable”, “el querer ser agradable” y un largo etcétera.  En palabras de Crivelli y Fridlund (2019), “al igual que nuestras palabras y nuestro comportamiento no verbal, las expresiones faciales son formas de influencia en nuestras trayectorias de interacción con otros”.

Trabajos citados

Crivelli, C., & Fridlund, A. (2018). Facial Displays Are Tools for Social Influence. Cell Press Reviews , 22 (5), 388-399.

Crivelli, C., & Fridlund, A. (2019). Inside-Out: From Basic Emotions Theory to the Behavioral. Jorunal of Nonverbal Behavior .

Crivelli, C., Carrera, P., & Fernández-Dols, J. M. (2015). Are smiles a sign of happiness? Spontaneous expressions of judo winners. Evolution and Human Behavior , 36 (1), 52-58.

Crivelli, C., Jarilo, S., Russell, J. A., & Fernández-Dols, J. M. (2016). Reading Emotions From Faces in Two Indigenous Societies. Journal of Experimental Psychology: General , 145 (7), 830-843.

Crivelli, C., Russell, A., Jarillo, S., & Fernández-Dols, J. M. (2016). The fear gasping face as a threat display in a Melanesian society. Proceding of the National Academy of Sciences of the USA , 113 (44), 12403-12407
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Durán, J. I., Reisenzein, R., & Fernández-Dols, J. M. (2017). Coherence Between Emotions and Facial Expressions. En J. M. Fernández-Dols, & J. A. Rusell (Edits.), The Science of Facial Expression (págs. 107-132). New York: Osford University Press.

Ekman, P. (1982). Emotion in the human face (2nd ed.). Cambridge University Press 
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Ekman, P. (2003). Emotions revealed: Recognizing faces and feelings to improve communication and amotional life. New York: Times Books.

Ekman, P. (1980). The face of man: Expressions of universal emotions in a New Guinea village. Garland .

Ekman, P. (1972). Universal and cultural differences in facial expression of emotion. En J. R. Cole (Ed.), Symposium on Motivation, 1971 (Vol. 19, págs. 207-283). Lincoln, NE: Nebrasca University.

Ekman, P., & Friesen, W. (1975). Unmasking the face: A guide to recognizing emotions from facial clues. Englewood Cliffs, New Jersey: Prentice-Hall Inc.

Ekman, P., & Friesen, W. V. (1969). The Repertoire of Nonverbal Behaviour: Categories, Origins, Usage and Coding. Semiotica , 11, 49-98
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Fernández-Dols, J. M. (2013). Advances in the Study of Facial Expression: an Introduction to the Special Section. Emotion Review , 5 (1), 3-7

Fernández-Dols, J. M. (1999). Facial expression and emotion: A situational view. En P. Philippot, R. S. 

Feldman, E. J. Coats, P. Philippot, R. S. Feldman, & E. J. Coats (Edits.), The social context of nonverbal behavior (págs. 242-261). Cambriadge UK: Cambriadge University Press.

Fernández-Dols, J. M., & Crivelli, C. (2013). Emotion and Expression: Naturalistic Studies. Emotion Review , 5 (1), 24-29.

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Jack, R. E., Garrod, O. G., Yu, H., Caldara, R., & Schyns, P. G. (2012). Facial expressions of emotion are not culturally universal. Proceedings of the National Academy of Sciences , 109 (19), 7241-7244.

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miércoles, 23 de mayo de 2018

¿Por qué es tan complejo detectar mentiras?


Son muchas las razones por las cuales el engaño es difícil de ser detectado. En primer lugar, nadie nos ha preparado para que seamos buenos “detectores” de mentiras. Además, por regla general, preferimos no pillar a un mentiroso porque una actitud suspicaz enriquece menos la vida que una actitud de confianza (Ekman, 2009). Así, en muchas ocasiones, las personas preferimos hacer lo que haría el avestruz, “esconder la cabeza”, mirar para otro lado, en lugar de tratar de descubrir la verdad y enfrentarnos a sus posibles consecuencias.




Pero además no existen señales fiables (verbales y no verbales) que estén vinculadas únicamente con el engaño. No existe esa nariz de Pinocho (DePaulo, Lindsay, Malone, Muhlenbruck, Charlton y Cooper, 2003), como señal única en la que poder confiar consistentemente para saber si un individuo está mintiendo. Es más, existen creencias y libros que mantienen que determinadas señales están vinculadas a la mentira, cuando esto no es así (evitación del contacto ocular, mirar arriba y a la derecha, hacer pausas, los cambios posturales, etc.). Los estudios rigurosos sobre esta materia (metanálisis) lo que han puesto de manifiesto es que las diferencias de conducta entre los sujetos que mienten y los que dicen la verdad suelen ser pequeñas. Así sabemos que, los sujetos que mienten, suelen proporcionar menor número de detalles, sus respuestas son menos plausibles y llevan a cabo menos gestos ilustradores. Pero el tamaño del efecto promedio encontrado entre estos indicadores y el engaño es pequeño (Cohen, 1977).


Otro motivo añadido es que el mentiroso, sobre todo cuando el engaño tiene gran trascendencia, tratará de evitar ser detectado y procurará parecer creíble, relatando una historia plausible y tratando de controlar su comportamiento (que podría delatarle). Así, evitará exhibir comportamientos que, bajo su punto de vista, puedan crear una impresión deshonesta en los demás. Además, en sus relatos, normalmente mezclará verdades y mentiras, pudiendo resultar la mayor parte del relato una verdad comprobable (Hartwig y Bond, 2011).

Por último, existen individuos que no experimentan emociones cuando están mintiendo (placer, miedo, sentimiento de culpabilidad), tienen un cociente intelectual muy alto, la mentira no les supone mayor carga cognitiva (inventar sobre la marcha una respuesta plausible es complejo), o son excelentes actores (Ekman P., 1997) y dan muestras de aparente honestidad ante las preguntas planteadas.

A esto podríamos añadir el uso de técnicas que, a nivel policial, se han empleado erróneamente en muchas ocasiones. Me refiero a estilos de entrevistas o de interrogatorios más bien acusatorios e incómodos (técnica Reid), en lugar de  basados en un enfoque de recopilación de información. Hoy sabemos que los enfoques coercitivos pueden llevar a personas inocentes a confesar crímenes que nunca cometieron. Así, parece conveniente tratar de crear un clima de calidez (física y psicológica) que facilite la comunicación. Por ello, las últimas investigaciones ponen de manifiesto la importancia de llevar a cabo manipulaciones ambientales que faciliten la revelación de información, en línea con un enfoque de recolección de información más efectivo (Hoogesteyn, Meijer, Vrij y Merckelbach, 2018).

Trabajos citados


Cohen, J. (1977). Statistical power analysis for the behavioral sciences. New York: Academic Press.

DePaulo, B. M., Lindsay, J. J., Malone, B. E., Muhlenbruck, L., Charlton, K., & Cooper, H. (2003). Cues to Deception. Psychologycal Bulletin , 129 (1), 74-118.

Ekman, P. (2009). Cómo detectar mentiras. Una guía práctica para utilizar en el trabajo, la política y la pareja (Segunda ed.). (L. Wolfson, Trad.) Barcelona: Paidós.

Ekman, P. (1997). Deception, lying, and demeanor. En D. F. Halpern, & V. A. E (Edits.), States of mind: American and post-Soviet perspectives on contemporary issues in psychology (págs. 93-105). New York: Oxford University Press.

Hartwig, M., & Bond, C. F. (2011). Why do lie-catchers fail? A lens model meta-analysis of human lie judgments. Psychological Bulletin , 19, 643-659.

Hoogesteyn, k., Meijer, E., Vrij, A., & Merckelbach, H. (2018). Improving the Disclosure of Information in an Investigative Interview: Rapport building and the Physical Environment. Recuperado el 22 de mayo de 2018, de http://www.in-mind.org/article/improving-the-disclosure-of-information-in-an-investigative-interview-rapport-building-and


martes, 8 de mayo de 2018

Los nuevos enfoques en detección de mentiras


En general todos los seres humanos mentimos en múltiples ocasiones, ya sea por temor a las consecuencias (personales, legales o de otro tipo), por no querer asumir responsabilidades, por no querer herir al otro, por querer dañar al otro, por no querer enfrentarse a la realidad, para obtener un determinado beneficio, para ocultar algo, para evitar la vergüenza que supone reconocer algo que se ha hecho y por un sinfín de causas más.




Probablemente las mentiras más difíciles de detectar sean las mentiras cotidianas, las mentiras de bajo riesgo que todos empleamos para evitar la tensión o el conflicto en las interacciones sociales, o para que nos perciban los demás de manera positiva. Normalmente las personas no se sienten mal por contar este tipo de mentiras, por ejemplo cuando alguien le dice a su pareja que es la mujer más atractiva de toda la fiesta. En estas ocasiones preferimos mentir a expresar la verdad de lo que pensamos realmente. Este tipo de mentiras son intrascendentes y no conllevan, a priori, prácticamente ningún tipo de activación fisiológica o esfuerzo cognitivo adicional.

Pero hay otro tipo de mentiras que tienen una enorme trascendencia, como cuando un político niega su implicación en un determinado escándalo, o cuando un contrabandista dice no tener nada que declarar en una aduana, o cuando un sospechoso niega su participación en un crimen que ha cometido. En estos casos resultaría de gran utilidad diferenciar de manera confiable entre quienes mienten y quienes dicen la verdad. Pero dicha distinción es sumamente complicada y a día de hoy no disponemos de ningún sistema, procedimiento o herramienta, que nos permita tal diferenciación con los niveles de precisión deseables.

Hasta la fecha ha habido diferentes enfoques teóricos que han tratado de predecir qué señales verbales y no verbales pueden interpretarse como signos de engaño. Así podríamos citar el modelo de Ekman y Friesen (1969) basado en la fuga de emociones que el sujeto no es capaz de reprimir, el modelo multifactorial de Zuckerman, DePaulo y Rosenthal (1981), el enfoque emocional de Ekman (1985), el modelo del engaño interpersonal de Buller y Burgoon (1996) o la perspectiva de autopresentación de DePaulo (DePaulo, 1992; DePaulo et al., 2003). Estos enfoques tienen diversos puntos en común, como que los mentirosos pueden experimentar emociones más intensas, niveles más altos de carga cognitiva, o ser más propensos a emplear mayor número de estrategias y más variadas para tratar de causar una impresión convincente en los otros.

Pero la producción científica ha demostrado que las personas sinceras también pueden experimentar emociones intensas (por el temor a no ser creídas, o por verse en esa tesitura de ser consideradas sospechosas, por ejemplo), por lo que las señales de nerviosismo no pueden tomarse como signos de engaño. Respecto a las señales de carga cognitiva tampoco son dominio exclusivo de los mentirosos, ya que las personas sinceras, en algunos momentos, pueden tener que pensar mucho, o esforzarse por recordar algo (por ejemplo al tratar de recordar la matrícula su nuevo vehículo cuando a la mente le viene de forma automática la numeración del antiguo). Sin embargo bajo este segundo prisma la investigación ha permitido crear protocolos de entrevista que provocan y mejoran las señales de carga cognitiva de manera diferencial en sujetos mentirosos y sinceros. Así, en los últimos años se han llevado a cabo diferentes protocolos de entrevista para tratar de obtener y mejorar las diferencias verbales y no verbales entre sujetos mentirosos y sinceros.


Hoy sabemos que en situación de entrevista, o incluso de interrogatorio, es mejor utilizar un enfoque de recopilación de información” en lugar de un enfoque acusatorio, también que es mejor formular preguntas que los supuestos mentirosos no han podido anticipar, o hacerles preguntas temporales; preguntas relacionadas con el tiempo particular que el entrevistado dice haber estado en un lugar determinado, cuando se espera una respuesta preparada siguiendo un guión determinado (por ejemplo, "fui a nadar un rato").

Otra vía novedosa de investigación es el enfoque del abogado del diablo”, en el que los investigadores primero piden al sospechoso que discuta a favor de su punto de vista personal y luego les piden que discuta en contra de ese punto de vista. La técnica se basa en el principio de que siempre será más fácil para las personas presentar argumentos a favor que en contra de su propio punto de vista personal.

En otra línea de investigación, se ha planteado introducir la denominada técnica de "uso estratégico de la evidencia". Dicha técnica está resultando enormemente útil para situaciones en las que los investigadores poseen información potencialmente incriminatoria sobre el sospechoso. En esta técnica, se alienta al sospechoso a analizar sus actividades, incluidas las relacionadas con la información incriminatoria, sin darse cuenta de que el entrevistador posee esta información.

Por último un conjunto de investigaciones que están aportando luz al campo de la detección del engaño es el enfoque de "carga cognitiva impositiva". Aquí se parte del supuesto de que mentir es, con frecuencia, más complejo que decir la verdad. Este enfoque permite a los entrevistadores aumentar las diferencias en la carga cognitiva que experimentan los sujetos sinceros y los mentirosos, al introducir intervenciones mentalmente exigentes que imponen una demanda cognitiva adicional. Si las personas normalmente requieren más recursos cognitivos para mentir que para decir la verdad, a los sujetos les quedarán menos recursos cognitivos, para abordar estas intervenciones mentalmente exigentes, cuando están mintiendo que cuando están diciendo la verdad. Dentro de este enfoque existen diversas formas de imponer esa carga cognitiva adicional a los sujetos entrevistados, como: pedirles que cuenten sus historias en orden inverso, o pedirles que mantengan contacto visual con el entrevistador durante su relato.

Bibliografía

Buller, D. B., & Burgoon, J. K. (1996). Interpersonal deception theory. Communication. Communication Theory , 6, 203–242.

DePaulo, B. M. (1992). Nonverbal behavior and self-presentation. Psychological Bulletin , 111, 203–243.

DePaulo, B. M., Lindsay, J. J., Malone, B. E., Muhlenbruck, L., Charlton, K., & Cooper, H. (2003). Cues to Deception. Psychologycal Bulletin , 129 (1), 74-118.

Ekman, P., & Friesen, W. V. (1969). Nonverbal leakage and clues to deception. Psychiatry , 32, 88–106.

Martínez Selva, J. M. (2005). La psicología de la mentira. Barcelona: Paidós.

Vrij, A., Granhag, P. A., & Porter, S. (2010). Pitfalls and Opportunities in Nonverbal and Verbal Lie Detection. Phychologicall Science , 11 (3), 89-121.

Zuckerman, M., DePaulo, B., & Rosenthal, R. (1981). Verbal and nonverbal communication of deception. En L. Berkowitz, Advances in experimental social psychology (Vol. 14, págs. 1-59). New York: Academic Press.